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17 de febrero de 2009

El contador se ha parado para los 'freelance'

Está claro que este sistema neoliberal del beneficio es inhumano y hace aguas por todos lados...


El contador se ha parado para los 'freelance'

Los autónomos sufren un bajón de las tarifas y menos trabajo por la crisis - El intrusismo en tiempos de paro elevado obliga al descenso de precios - 32.000 cesaron su actividad sólo en enero

ELISA SILIÓ 17/02/2009 elpais.com

El contador se paró con el cambio de siglo para los freelance. Desde entonces, para casi todos los gremios las tarifas han subido muy por debajo del nivel de vida. Para la mayoría, su condición de autónomo tiene un halo romántico, emocionante y liberador.

El contador se paró con el cambio de siglo para los freelance. Desde entonces, para casi todos los gremios las tarifas han subido muy por debajo del nivel de vida. Para la mayoría, su condición de autónomo tiene un halo romántico, emocionante y liberador -no atruena el despertador todas las mañanas, no hay que rendir cuentas ante un jefe odioso y uno se organiza como quiere-, pero cuando la recesión sacude los cimientos de las empresas ellos son los primeros en tambalearse. Denuncian que los contratantes están redondeando las facturas muy a la baja. Pero, ¿quién hace ascos a un encargo cuando no se disfruta del colchón del paro? Además, a menos demanda, más competencia, y siempre hay alguien dispuesto a trabajar por menos.

El año pasado, 93.000 autónomos cesaron su actividad. Y en enero se han caído de las estadísticas otros 32.000 más. Son el eslabón más débil de la cadena de trabajo. Lo dice la etimología en inglés medieval freelance, lanza libre, es decir, un mercenario al servicio de cualquiera, pero en los tiempos que corren no llueven las ofertas.

"En los últimos años se han externalizado muchos servicios profesionales, pero en esta crisis no veo un avance de la figura del autónomo. Se recortan las plantillas y también los colaboradores", se lamenta Lorenzo Amor, presidente de la Federación Nacional de Trabajadores Autónomos (ATA). "Lo que probablemente ocurra ahora son más casos de situaciones irregulares. Personas que no coticen a la Seguridad Social. Las empresas se van a llenar de becarios y de personas a las que se pague por un trabajo concreto sin continuidad", pronostica.

Hoy hay censados 3,2 millones de autónomos. Muchos se quejan de la actual reducción de créditos, lo que les impide mirar con seguridad hacia delante. "Cuando un banco muere, sus empleados se quedan en el paro, pero el autónomo tiene que responder a sus deudas con sus bienes", recuerda Amor.

"Hoy el trabajo cualificado está mucho menos valorado. Antes, el profesional marcaba la negociación, los precios... Trabajaba con más libertad. Ahora, sobre todo si los encargos vienen siempre de la misma empresa, se tiene que plegar e incluso aceptan trabajos de lo que no es su especialidad", dice Rodrigo Martín, profesor de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Juan Carlos I de Madrid.

"Más que falta de trabajo para los freelance, hay falta de pago. Las empresas no tienen liquidez y pagan las obligaciones básicas y los salarios, pero no a ellos que no tienen un despido de 45 días por año ni paro", prosigue Martín. "Se dice que en época de crisis la creatividad artística se agudiza, pero yo creo que en estos trabajos se va a resentir. La gente va a entrar en un círculo depresivo, sin motivación". "Ante los impagos hay muy pocas reclamaciones, porque los acuerdos se basan en la confianza, y al freelance le resulta muy oneroso ir a juicio, aunque es fácil que ganen el pleito".

Preguntados por gremios, los freelance coinciden en hablar de precarización, de descenso de precios y encargos. Por ejemplo, entre los fotógrafos. Hoy en las celebraciones familiares no sólo disparan la cámara los BBC (especializados en bodas, bautizos y comuniones). "Cada vez más gente se anima a ganarse así un dinero. También haciendo fotos de estudio o books para modelos", asegura José Flores, presidente de la Asociación de Fotoperiodistas Europeos Freelance (AEFE). Otro efecto de la recesión, asegura, es el mayor robo de equipos. "Siempre ha habido, pero nunca como ahora. A mí me han robado una cámara de 8.000 euros. La revenderían por 100, sin ser conscientes del daño que supone".

Asegura Flores que se han visto obligados "a abaratar los precios, entre un 20% y un 30%, aunque a quien tiene mucho prestigio se le respeta". "En su caso tiene más valor la firma que la imagen", prosigue el fotoperiodista. "Pero el mayor problema es que dentro de los freelance hay mucho intrusismo. Hoy no es tan caro un equipo profesional, por 6.000 euros te compras uno bueno, y en los periódicos hasta el becario no sólo escribe el texto sino que hace las fotos. También a nosotros nos piden que además mandemos un texto".

En AEFE, que agrupa a 230 profesionales de los 900 fotoperiodistas españoles, tienen las esperanzas puestas en la profusión de bancos de imágenes en Internet, una fuente de ingresos cada vez más rentable. "Para ayudar a nuestros socios, estamos pensando en abrir uno. Lo costoso es el mantenimiento", adelanta Flores.

Los editores aseguran que el libro es un "valor refugio" -un entretenimiento casero barato-, pero lo cierto es que sus sellos se lo piensan dos veces antes de comprar un título, las tiradas de libros son más cortas y algunos han abaratado el precio del ejemplar o lo sacan en el económico bolsillo. Conclusión, las fichas del dominó caen: menos trabajo para traductores, correctores o ilustradores. "Yo maqueto para una gran editorial que solía sacar unos 100 títulos al año. Este año serán 80", cuenta Antonio, que prefiere no dar más datos personales. Cobra 1,20 euros por página maquetada y la intención de la empresa es bajar las tarifas entre un 10% y un 20%. Contando las correcciones, Antonio tarda dos semanas en maquetar un libro de 300 páginas. Total: 360 euros.

Una suma raquítica a la que el maquetador Jean-Pierre Palacio encontraba explicación recientemente en una carta publicada en EL PAÍS. "Proliferación de packagers e intermediarios, ausencia de una asociación defensora de nuestros intereses, miedo a quedarse sin trabajo: tenemos que participar en una suerte de subasta a la baja para conseguir un encargo. ¿Hasta cuándo soportaremos esta situación más propia del siglo XIX que del actual?", se preguntaba.

"Nuestro gremio es pionero en la crisis. Ya estábamos en ella cuando el sector automovilístico, las constructoras y los bancos estaban haciendo dinero", se queja Manel Craneo, vicepresidente de Federación de Asociaciones de Ilustradores Profesionales (FADIP). "En los años ochenta fue la época dorada del cómic y la ilustración. Pero los precios se han mantenido congelados desde finales de los noventa: las 20.000 pesetas por página de cómic siguen siendo 120 euros, y la vida ha subido mucho", prosigue este artista gallego. Hoy no llega al 50% los que ejercen de manera exclusiva la profesión, según el Estudio económico de la ilustración en España 2007/2008, y más del 70% son autónomos. La mitad no confirma el presupuesto y un 40% se embolsa menos de 12.000 euros anuales.

En recesión se recortan las campañas de publicidad, una buena partida de lo ganado por los ilustradores, aunque el 50% de los ingresos proviene aún de las editoriales. "En mi declaración de 2007, los story boards para publicidad suponían alrededor del 60% de lo que cobré, y en 2008 la mitad", calcula Craneo. "Lo que sí hay cada vez más es demanda de las instituciones y en el sector editorial no ha afectado mucho, porque los niños siguen necesitando libros para el colegio y los padres siguen leyéndoles cuentos". Craneo envidia a sus colegas de Francia, Bélgica y Reino Unido, donde su labor es mucho más reconocida: "Muchos españoles dibujan cómics para el mercado europeo. Con la bajada del dólar hacerlo para Estados Unidos no significa el mismo pastón que hace un tiempo. Ahora pagan como en Francia".

La publicidad sufre un parón, y los estilistas se comen los ahorros. Algunas empresas recuperan campañas pasadas pagando de nuevo los derechos de autor y otras gastan menos en producción. Ya desde hace dos años nadie dedica tres semanas a la preparación y el rodaje de un anuncio, sino una semana. A Amparo Utrilla, ya con muchas conchas, no le falta trabajo, pero reconoce que acepta cosas que antes no admitía "por lo que pueda pasar". Además, los cobros se retrasan: le deben dinero desde hace un año.

"Muchas editoriales están intentado ajustar las tarifas, pero uno no va al carnicero y le dice: 'Baje el precio que estamos en crisis", ironiza Antonio Martín, presidente de UniCo (Unión de Correctores). Una salida en los últimos meses ha sido la corrección de publicidad de empresas públicas y privadas, cada vez más concienciadas con la necesidad de cuidar la imagen. "Por corregir un volumen, una editorial te puede pagar 300 euros, que es lo que ganas con publicidad en uno o dos días", diferencia Martín. "Hace diez años las editoriales pedían consejo al primo filólogo, pero hoy la figura del corrector se ha extendido. Muchos no trabajan sólo corrigiendo. En la asociación hay gente que traduce o maqueta".

"Cada vez hay más gente que se hace autónoma porque se ha quedado en paro o es su primer empleo. Empiezan aceptando trabajos puntuales y piensan que ahí puede estar su futuro", dice la correctora Celia Martín, que dirige un curso de fiscalidad para freelance en la academia Cálamo de Madrid, especializada en formar correctores. "Vienen sobre todo personas que tras un año trabajando por libre se dan cuenta de que no saben cómo tienen que organizarse frente a la Administración". "Es fácil tener encargos sueltos, lo complicado es tener una cartera. Hay mucha competencia y eso hace que haya gente dispuesta a trabajar por menos de 10 euros la hora. Un corrector profesional que lleva tiempo gana unos 2.000 euros, pero tienen que restarle los gastos de Seguridad Social, calefacción, luz...", añade la profesora.

Como en casi todos los campos, en el de los traductores literarios los más veteranos están sufriendo menos la crisis. Mantienen su clientela y les ofrecen subidas periódicas. Por eso no todos los socios de la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores (ACEtt) comparten las mismas inquietudes. Entre los novatos, las cosas cambian. Deberían de cobrar entre 30 y 60 días después de la entrega de la traducción, pero muchos sellos son impuntuales. Un incumplimiento de contrato que muchas veces queda en manos de los abogados de ACEtt. Las tarifas sólo les permiten vivir como mileuristas en casa de sus padres. Según un informe del Consejo de Asociaciones de Traductores Literarios en Europa, en España se cobra entre 10,5 y 19,2 euros la página, muy lejos de Francia o el Reino Unido, donde se alcanzan los 35 euros.

Quienes por el momento no sufren la crisis son, por el contrario, los intérpretes. "Es un trabajo muy estacional y ya veremos qué pasa dentro de unos meses. En enero o febrero te conformas con trabajar dos o tres días al mes [ganan unos 500 euros diarios], pero en abril o mayo son casi todos los días", sostiene Jorge Quijano, presidente de la Asociación de Intérpretes de Conferencia de España (AICE).

En el sector de la prensa, a la bajada de ingresos publicitarios por la recesión se suma la crisis del papel -muy encarecido-, la bajada en ventas y publicidad y la imposibilidad de absorber a los 4.000 estudiantes que se licencian cada año en periodismo. El 40% de éstos -según los datos de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE)- encuentra una salida laboral en otros ámbitos. Y los que consiguieron colar artículos ven ahora peligrar sus ingresos. Prolifera el "falso autónomo" -lo describe la FAPE en el artículo En defensa del periodista autónomo de su revista corporativa- "que no tiene contrato de trabajo por cuenta ajena aunque desempeña la misma actividad".

Entre los profesionales del cine y la televisión, más de lo mismo: rodajes retrasados, series que se caen de la parrilla o tarifas a la baja. "A la crisis se ha unido que las nuevas series no han ido bien y han desaparecido, las cadenas tienen menos publicidad y con esa excusa te ofrecen menos dinero. Calculo que ha habido una rebaja de entre un 25% y un 30%...", cuenta el guionista Carlos Molinero, vicepresidente de ALMA (Autores Literarios de Medios Audiovisuales). Son 2.500 y, según el estudio La situación de los guionistas en España, tan sólo un 20% vive exclusivamente de lo que escribe, el 46% gana menos de 12.000 euros anuales y a la mitad no le pagan nada si el guión no se rueda.

"Yo llevaba encadenando proyectos desde 1997, y ahora desde septiembre, que terminé El comisario, no he tenido nada. Por suerte, empiezo de nuevo en marzo", cuenta. Y Carlos es un privilegiado, autor de guiones para el codiciado prime time, pero para sus compañeros 2009 se presenta aún más desolador.

12 de febrero de 2009

Un ejemplo muy esclarecedor sobre la "economía real" en esta época de crisis

'Las ayudas al Gobierno no llegan al pequeño empresario'

Los pequeños empresarios denuncian que están asfixiados por los impagos. Aseguran que los bancos no les dejan acceder a los créditos del ICO

2/02/2009 Madrid

La empresa de José Luis Nebril se va a pique. Y no es por culpa de su mala gestión ni por haber emprendido proyectos inviables o negocios ruinosos. El único problema de José Luis Nebril es sencillo: no le pagan.

A este madrileño de 42 años, que tiene una empresa de alquiler de material para la construcción, le deben la friolera de 421.976 euros. Como él no cobra, tiene un problema de liquidez que ha intentado negociar con las entidades financieras, pero le han dado con la puerta en las narices.

Cuando acudió al banco a pedir una de las líneas de financiación del Instituto de Crédito Oficial (ICO) que ha puesto en marcha el Gobierno, le dijeron que se olvidase del tema: "Las grandes constructoras no nos han pagado y nosotros, las pequeñas, nos hemos asfixiado. Las ayudas del Gobierno no llegan a los pequeños empresarios. Los fondos tienen que ir directamente a los empresarios y saltarse a los bancos, que sólo ponen trabas", se lamenta desde su empresa Bros Maquinaria, situada en la localidad madrileña de Pinto.

Su historia es la de miles de pequeños y medianos empresarios que están estrangulados por los impagos y que se encuentran entre la espada y la pared. Como Francisco Pérez, que tiene un pequeño negocio de instalación de iluminación y está harto de recibir talones que no puede cobrar.

'El ICO, una tomadura de pelo'

"En este país tiene que cambiar la ley, porque estamos indefensos ante quien no te paga los talones. Tengo clientes que van conduciendo un Bentley y no pagan a nadie. La línea del ICO es una tomadura de pelo porque lo gestiona una entidad financiera que luego pone las rejas", se queja Francisco.

La crisis se traduce en un mar de deudas en cadena, en el que la morosidad va creciendo como la espuma. El origen de los problemas de José Luis se llama Martinsa, que entró en suspensión de pagos y que, a través de la empresa Midascom, dejó de pagarle 84.900 euros.

"Martinsa construyó miles de pisos para especular, pero no ha pagado a quien ha hecho estas viviendas. Al final, quienes soportan la tensión son las empresas de abajo, el último eslabón de la cadena", explica.

La actividad de su empresa ha caído un 40%, aunque sigue teniendo oportunidad de negocio. De hecho, está abriendo nuevos mercados en Israel, Angola y Brasil, pero no los va a poder llevar a cabo porque, según su testimonio, los bancos no le dejan renegociar su deuda.

Este empresario se lamenta de que después de haber pagado desde el año 2005 un total de 400.000 euros en intereses a entidades como el Banco Pastor, Caja Madrid o Caixa Cataluña, ahora que vienen malos tiempos se nieguen a colaborar.

"Los bancos están cerrados en banda, aunque luego anuncian miles de millones en beneficios. Yo no pido más dinero, tan sólo que me den más tiempo para pagar lo que debo. Los departamentos de riesgos de las entidades financieras tienen orden de no dar un duro", afirma.

El futuro de la empresa de José Luis es tan negro que pasa por acudir a un concurso de acreedores (antigua suspensión de pagos), porque ya no le queda dinero para hacer frente a sus compromisos: "Vamos a llegar a los cuatro millones de parados porque los pequeños empresarios como yo no podemos funcionar. Voy a tener que despedir a mis empleados, pero si tuviera recursos no lo haría".

José Luis todavía no ha pensado en amenazar con quemarse a lo bonzo como hizo el empresario José María Solís para que el Ayuntamiento de Loeches le pagase la deuda de 450.000 euros, pero ve cómo en tan sólo tres meses todo su negocio se va por la borda: "A veces te dan ganas de tirar la toalla y echar por tierra todo el esfuerzo de estos siete años. Hemos apostado nuestro esfuerzo y todo nuestro patrimonio se esfuma de repente. Nos quedamos sin nada".

http://www.elmundo.es/mundodinero/2009/02/12/economia/1234423106.html

29 de enero de 2009

La cosecha de África se siembra en Europa

La ayuda debe impulsar la producción agraria para combatir el hambre - Los países ricos rectifican

ANA CARBAJOSA 26/01/200. elpais.com

Los países ricos llevan décadas inyectando miles de millones de euros a los países pobres en forma de ayuda al desarrollo con resultados claramente insuficientes: más de mil millones de personas viven en la pobreza extrema y las proyecciones indican que cada vez serán más a los que les cueste satisfacer sus necesidades energéticas diarias.

Los países ricos llevan décadas inyectando miles de millones de euros a los países pobres en forma de ayuda al desarrollo con resultados claramente insuficientes: más de mil millones de personas viven en la pobreza extrema y las proyecciones indican que cada vez serán más a los que les cueste satisfacer sus necesidades energéticas diarias.

Son muchas las voces que piden un aumento de la ayuda para paliar esta situación, pero también las que sostienen que además de la cantidad de ayuda hay que revisar la calidad de la misma. "Las políticas están claramente equivocadas porque sigue aumentando el número de personas que se mueren de hambre. Las tierras están ahí [en los países en desarrollo] y el potencial de producción también. Es un problema político". Quien lo dice no es la portavoz de una pequeña ONG ultracrítica, sino Soraya Rodríguez, secretaria de Estado de Cooperación, convencida de que hay que dar un vuelco a la situación.

El cambio más urgente, dice, pasa por apoyar la producción agrícola. A pesar de que el 75% de personas pobres de los países en desarrollo vive en zonas rurales y depende de la producción agrícola, las ayudas internacionales a la agricultura han caído en picado durante los últimos 20 años. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo económico (OCDE) indica que a mediados de los años ochenta, los países desarrollados destinaban cerca del 20% de la ayuda a la agricultura. Ese porcentaje rondaba el 7% en 2007 para el caso de la ayuda bilateral. La multilateral ha sufrido una evolución semejante en las dos últimas décadas. A la deficiente ayuda de la comunidad internacional hay que sumarle la falta de inversión por parte de los Gobiernos locales: en 2004, apenas un 4% de su gasto público, según el Banco Mundial.

Desde hace años la situación va a peor, pero fue la revuelta del hambre del año pasado la que hizo saltar las alarmas y la que ha provocado que ahora los políticos se replanteen la manera de actuar. Porque cuando los precios del arroz, del trigo y de la leche se dispararon, millones de empobrecidos de medio mundo dejaron de poder comprar estos alimentos. No pudieron tampoco echar mano de sus cultivos o de las cosechas de sus vecinos, simplemente porque no existían. Quedaron a la intemperie y según la jerga especializada, su "seguridad alimentaria" dejó de estar garantizada.

El Gobierno español tratará de revertir esta tendencia mañana en Madrid junto al secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, y cientos de ministros, expertos, miembros de ONG y de empresas durante la llamada "reunión de Alto nivel sobre Seguridad Alimentaria para todos". "Los países donantes tienen que aportar más, pero además, la ayuda tiene que centrarse en producir más y mejor; evitar que la producción de los países pobres se centre en monocultivos dedicados a la exportación que generan divisas pero no dan de comer a la población", añade Rodríguez.

Organizaciones multilaterales como la ONU o el Banco Mundial, que durante años optaron por otras vías para erradicar la pobreza, insisten ahora en que hay que volver a invertir en agricultura, porque, explican, es un sector que resulta hasta cuatro veces más efectivo en generación de ingresos para los más empobrecidos que cualquier otro. "La agricultura por sí sola no bastará para reducir de forma masiva la pobreza, pero ha demostrado ser especialmente eficiente a la hora de abordar la tarea", reza el informe sobre desarrollo mundial de 2008 publicado por el Banco Mundial, dedicado a la agricultura. Hacía 25 años que el Banco Mundial no centraba su informe en esta cuestión. "Es hora de volver a colocar este sector en el centro del programa de desarrollo", dice el documento.

Gonzalo Fanjul, experto en temas de cooperación y en la actualidad investigador en la Kennedy School de Harvard explica que en los noventa la cooperación dejó de apoyar a la agricultura "porque, por un lado, existía la sensación de que el dinero que se había invertido en el sector rural no había servido de mucho y por otro, porque en ese momento aparecieron las grandes empresas de semillas, fertilizantes y comercialización y se pensó que ellos iban a ser capaces de solucionar el problema".

Pero también, entonces y ahora, el cambio obedece a mutaciones ideológicas. "Eran los tiempos del consenso de Washington [el que dictó a principios de los noventa una serie de recetas para poner liberalizar los mercados en los países en desarrollo], en los que se confiaba en los agentes privados y se creía que el Estado no debía inmiscuirse en temas como la agricultura". Hoy, el propio Banco Mundial da por muerto el consenso de Washington y economistas como el Nobel Paul Krugman abogan por un papel más decidido de los agentes estatales. Existe el consenso de que por un lado, no existen recetas únicas aplicables a todos los países pobres y que por otro se trata de llegar a un punto medio entre el estatalismo de los setenta y el laissez-faire de los noventa.

"Hace falta la mano visible del Estado", dice el informe de desarrollo del Banco Mundial. "El Estado deberá contar con mayor capacidad para coordinar los diversos sectores y formar asociaciones con actores privados y de la sociedad civil", añade.

Pero a pesar de que Gobiernos y los agentes del mundo de la cooperación internacional hayan llegado a la conclusión de la necesidad de fomentar la producción agrícola en aras de garantizar la seguridad alimentaria de los más pobres y sobre el papel que debe jugar el Estado y la ayuda internacional, el camino para llegar a este fin se encuentra repleto de obstáculos. En primer lugar, porque la crisis financiera provocada por el fiasco de las hipotecas basura en Estados Unidos ha hecho que muchos Gobiernos en los países del hemisferio norte opten por inyectar ingentes cantidades de dinero público en el mercado para evitar la debacle. Y temen los expertos en cooperación que los países en desarrollo no sólo vayan a ser los más afectados por la crisis debido a su vulnerabilidad, sino que además vean reducida la ayuda que una comunidad internacional sumida en una crisis económica les envía. Las aportaciones advierten también, tenderán a centrarse en la provisión directa de alimentos ante lo urgente de la situación y las inversiones que generen crecimiento deberán de nuevo esperar.

"Nos encontramos en una situación muy peligrosa en la que ya se aprecian signos de una nueva crisis alimentaria, pero aún así, la crisis financiera puede hacer que algunos de los compromisos que se alcancen en Madrid acaben por no cumplirse", advierte Joachim Von Braum, director del International Food Policy Research Institute con sede en Washington y que participará en la reunión de alto nivel de esta semana.

Y considera Von Braum que uno de los asuntos que deben ponerse sobre la mesa en Madrid son las políticas comerciales, "porque no es posible garantizar la seguridad alimentaria sin un comercio justo". La crisis del precio de los alimentos hizo que muchos países en desarrollo cerraran sus mercados por miedo al desabastecimiento de su población. "Dejaron de importar, pero también ocurrió que los países pobres vieron hundida su producción", añade.

También señala la importancia de revisar las políticas comerciales Rames Sharma, economista del departamento de Comercio y Mercados de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que cuenta que uno de los problemas es que muchos países en desarrollo han pasado en los últimos 20 años de ser exportadores de productos agrícolas a importar toneladas de comida sujetas a la volatilidad de los mercados. Los países pobres importan más porque la población crece y porque surgen nuevos hábitos alimenticios. Pero también "porque durante los setenta y los ochenta los países ricos subsidiaron masivamente su producción agrícola y los mercados internacionales se llenaron de comida barata". Muchos países en desarrollo se entregaron a la importación porque resultaba más barato comprar fuera que producir en casa. "Los Gobiernos

[de los países pobres] dejaron de proporcionar semillas y fertilizantes al tiempo que la comunidad internacional dejó de enviar dinero para proyectos agrícolas y el campo se secó. Ahora todo el mundo habla de invertir en agricultura, de hacer lo que había que haber hecho hace 30 años".

La secretaria de Estado española reconoce que durante años, la Unión Europea ha volcado sus excedentes agrarios en los países en desarrollo, desincentivando la producción local. Pero asegura que "la UE ha ido abandonado poco a poco esas políticas. Sin embargo, otros países como Estados Unidos no lo han hecho y hoy una explotación agraria estadounidense recibe un 50% más de ayudas que las europeas". Por eso, termina, "hace falta un compromiso global y eso es lo que intentaremos en Madrid, crear una alianza global contra el hambre en la que participen todos los Estados, además del sector privado y la sociedad civil".

24 de noviembre de 2008

Otra proyección negativa del futuro: depresión económica y adiós al estado de bienestar

Cuando las cosas van de verdad mal

La gravedad de la crisis hace temer a los más pesimistas que la recesión derive en depresión

RAMÓN MUÑOZ 23/11/2008. El País

Si tiene dificultades para pagar la hipoteca, teme por su puesto de trabajo o ya lo ha perdido, no es aconsejable que lea este artículo. En él se recogen las tesis de quienes piensan que no estamos ante una crisis más, ni siquiera ante esa recesión que ya se reconoce abiertamente, sino ante una gran depresión económica que se extenderá mucho más allá de dos años y cuyas consecuencias financieras, sociales y hasta políticas cambiarán el mundo tal y como lo conocemos, además de tener un efecto devastador sobre el Estado del bienestar y la clase media en que se sustenta. Tal vez se equivoquen. O tal vez no.

Nunca se habían conjuntado tantos peligros: el hundimiento del sistema financiero, con bancos y Estados de primer nivel al borde de la quiebra, y el empobrecimiento general de grupos de población que sortearon crisis anteriores sin mayores problemas. Comoquiera que se trata de un fenómeno sin precedentes, para tener elementos de comparación sólo podemos retrotraernos a la Gran Depresión posterior a 1929, que sumió al mundo civilizado en una década de penurias y desembocó en la II Guerra Mundial, y más recientemente, al llamado corralito, que bloqueó a finales de 2001 los ahorros de los ciudadanos argentinos, haciendo saltar en pedazos el sistema financiero y poniendo a Argentina en el umbral del Tercer Mundo.

Para los que consideren desmedida la comparación, o propia de iluminados, tal vez les hubiera convenido entrar en la página web www.icesave.co.uk hace unas semanas. Nada más abrirla se podía leer: "Actualmente no estamos procesando ninguna petición de retirada de dinero ni de depósitos a través de las cuentas de Internet. Sentimos los inconvenientes que les pueda causar a nuestros clientes". Se trata de la página del banco islandés Icesave en el Reino Unido, y en ella se anunciaba sencilla y llanamente que los depósitos de todos los clientes del país estaban bloqueados. ¡Corralito puro y duro, y en la Vieja Europa! Un total de 350.000 ahorradores en el Reino Unido y Holanda, que han depositado más de 7.000 millones quedaron atrapados. La quiebra del Estado de Islandia tiene la culpa. El país nórdico no es Argentina. En la última clasificación de la ONU de finales de 2007 figura como el país donde mejor se vive en el mundo... o se vivía. Finalmente, el Gobierno británico ha tenido que acudir al rescate de sus ahorradores.

Nadie dice que la situación actual tenga las mismas causas que la del 29 o la argentina, salvo el ánimo especulativo y la falta de confianza, pero algunos piensan que la herencia que dejará sobre la economía real puede asemejarse mucho. Entre ese legado negro está la desaparición de riqueza por el desplome continuado de los mercados bursátiles, el temor de miles de ciudadanos de perder los ahorros que tienen en los bancos, el aumento desorbitado del paro, el empobrecimiento de las familias y las crecientes dificultades de las administraciones públicas para hacer frente a sus compromisos de pagos, incluyendo los sueldos de funcionarios. Ese paralelismo permite sacar algunas lecciones muy provechosas de lo que pasó en el 29 y puede que esté a punto de ocurrir ahora.

Frente a la legión de expertos oficiales, que aplauden al unísono los planes de rescate de la banca como antídoto ideal contra esta crisis, otros analistas, ciertamente los menos, estiman que esa intervención no servirá para tapar el enorme agujero negro en el que se ha convertido el sistema financiero.

El economista jefe de HSBC, Stephen King, está entre los discrepantes. A diferencia de crisis recientes como la burbuja tecnológica de comienzos de este siglo o la japonesa de los ochenta, opina King, la actual conjuga los tres elementos que se dieron en la Gran Depresión: el colapso financiero asociado con bancarrotas de entidades, la restricción del crédito y la desconfianza ciudadana sobre la capacidad de los Gobiernos para solucionar la crisis. "Nadie quiere participar en una danza de la muerte financiera. Muchos se consuelan diciendo que ya se han aprendido las lecciones de la década de los treinta y que hoy sería imposible vivir otra gran depresión. Las posibilidades de que suceda son todavía pequeñas. Pero se olvida con frecuencia que hay que cumplir tres lecciones para evitar la depresión: primero, inyectar dinero al sistema; segundo, asegurarse de que los Gobiernos coordinen sus políticas, y tercero, no permitir que la deuda y el nivel de apalancamiento se disparen. Y, por el momento, sólo se ha atendido a la primera".

En el 29, las cosas sucedieron así: "Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron 240.000 dólares (o 120 semanas de trabajo, a 2.000 dólares por semana). Habría perdido más, pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. Todo lo que dijo fue: '¡La broma ha terminado!'. Antes de que yo pudiese contestar, el teléfono se había quedado mudo... se suicidó. En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo". La cita proviene de un artículo de Groucho Marx que es posiblemente el más lúcido análisis que se ha hecho del 29.

El genial actor se arruinó como miles de ciudadanos. Ahora son millones los que están perdiendo sus ahorros o el complemento de sus pensiones en los parqués bursátiles, aunque posiblemente aún no sean conscientes de ello. En los treinta, apenas un 4% de la población invertía sus ahorros a través de los agentes de cambio y Bolsa. Actualmente, el 47% de la población, bien directamente o bien a través de fondos de pensiones o de inversión, tiene ahorros en los mercados de valores, que se están esfumando. Sólo dos fondos de pensiones españoles están en positivo este año, por ejemplo.

La volatilidad y el quebranto sufrido son, para algunos analistas, ya similares a los de hace 79 años. Incluso las pérdidas de Wall Street de la semana del 6 al 10 de octubre pasado superaron a las de la llamada Semana Negra del crash del 29. Nos hemos acostumbrado a movimientos sísmicos diarios de hasta el 10%, impensables hace unos meses. Volkswagen es el símbolo de esa irracionalidad casi surrealista de los mercados. Pese a la crisis general de las firmas automovilísticas, un movimiento especulativo la convirtió el 28 de octubre en la compañía con mayor valor bursátil del mundo, llegando a valer más que las 20 mayores compañías del Ibex juntas.

En España, todos los valores que componen el Ibex menos uno han tenido rentabilidad negativa, y 27 de las 35 firmas han perdido más de la mitad de su valor en dos años. Si tiene dinero en Bolsa, puede extraer una lección de la debacle del 29, y hacer oídos sordos a quienes le animen a comprar gangas ante los bajos precios que han tocado los principales valores. Nadie puede asegurar si esta es una oportunidad de compra o si lo peor puede estar por venir. Quien compró acciones en 1929 debió vivir hasta 1954 para recuperar su inversión. Pero a quien pensó que después del crash podía forrarse no le fue mucho mejor porque el desplome continuó hasta julio de 1932, cuando el Dow Jones volvió a niveles de 1800, perdiendo el 90% de su valor respecto a los máximos del feliz 1929. Este dato derriba una de las falacias financieras más extendidas, la de que, pese a las fluctuaciones, la Bolsa es siempre la inversión más rentable a largo plazo. Nadie sabe dónde está la Bolsa y si ha tocado suelo.

El economista y profesor Nouriel Roubini, uno de los pocos que pronosticaron el actual crash financiero, va más lejos: "Aunque los mercados saben ya que las administraciones van a hacer todo lo que está en su mano, no reaccionan, seguirán cayendo. Se han convertido en una fuerza destructiva, el pánico se ha apoderado de ellos, ya no funcionan. Cada vez estoy más convencido de que hace falta un cortocircuito, un cierre temporal de los mercados para recomponer las cosas", decía en una entrevista con EL PAÍS.

En el 29 se hizo célebre el chiste de los recepcionistas de los principales hoteles de Nueva York. Cuando un hombre de negocios iba a registrarse le preguntaban: "¿Quiere usted la habitación para pasar la noche o para tirarse por la ventana? En el segundo caso, le rogamos que pague por adelantado". En 2008 no hay constancia de que haya aumentado la tasa de suicidios entre los brokers financieros. No es de extrañar. Pese a haber causado la ruina a los accionistas de sus firmas, se han embolsado indemnizaciones multimillonarias. Como dice una viñeta cómica que circula por Internet, "en el 29 los banqueros se tiraban por la ventana y ahora tiran la casa por la ventana".

Muchos más motivos de preocupación que los banqueros tienen ahora sus clientes. Temen por su dinero. La quiebra de Lehman Brothers en septiembre pasado disparó todas las alarmas al dejar a miles de clientes sin su inversión, entre ellos alrededor de 5.000 españoles que siguen pugnando por recuperar 3.000 millones de euros.

"No puede haber otro Lehman", clamaron los banqueros, asustados. Y los Gobiernos corrieron al rescate con un cheque en blanco firmado, claro está, por el sufrido contribuyente. Los fondos inyectados a los bancos tratan de evitar precisamente lo ocurrido en la Gran Depresión, cuando 3.000 bancos suspendieron pagos y los ahorradores vieron esfumarse 140.000 millones de dólares.

Desde las tribunas oficiales dicen que, gracias a los planes de rescate que no hubo entonces, esa situación no se repetirá, y que el sistema financiero se estabilizará en 2009 o a lo sumo en 2010. Por el momento, un total de 17 entidades bancarias estadounidenses han quebrado. A excepción de Lehman, las más grandes se han librado de la bancarrota gracias al dinero público (Bear Stearns, Northern Rock, Fannie Mae, Freddie Mac, Alliance & Leicester, Merrill Lynch, AIG, HBOS, Washington Mutual, Fortis, Dexia, Bradford & Bingley, Hypo Real Estate, Wachovia). Pero ¿cuál es el límite de las arcas de los Estados para tapar el agujero financiero? Sólo los planes de rescate anunciados hasta ahora van a movilizar más de tres billones de euros y, como dice, Merrill Lynch en su último informe, lo malo de estas intervenciones es que tienden a expandirse por la petición de otros sectores, como el del automóvil, y nunca se sabe dónde está el final.

Pese a ello, la práctica totalidad de la clase política, economistas y opinólogos han adoptado el dogma de que esos planes son infalibles y que el sistema financiero está a salvo. Sus pronósticos no son muy fiables. Al comienzo de la crisis, en el verano de 2007, los mismos actores afirmaron que la inyección de miles de millones desde los bancos centrales y la Reserva Federal contendría el derrumbe del sistema financiero. Y la crisis se agravó. Luego probaron con el recorte de tipos de interés, y tampoco funcionó. ¿Por qué confiar ahora en la efectividad de los planes puestos en marcha por los mismos que erraron antes?

Algunos mercados ya han dado su respuesta empezando a dar la espalda a los planes políticos. Lo demostraron tras el anuncio del Plan Paulson y lo volvieron a demostrar tras la cumbre financiera de Washington celebrada el 15 de noviembre y llamada a apuntalar el sistema. Wall Street ha vuelto a desplomarse, siendo los bancos los valores más castigados.

En España, la solvencia de la banca se ha convertido en un auto de fe, incontrovertible. La banca nacional es la más sólida del mundo porque no está expuesta a los riesgos de las hipotecas subprime de EE UU y ha sido sometida a la estricta supervisión en materia de riesgos del Banco de España.

Pero bancos y cajas esconden bajo la alfombra sus propias hipotecas basura. Cada hogar español tiene que destinar el 48,7% de su renta (el 37% si pueden acogerse a deducciones fiscales) para pagar la hipoteca, un ratio muy superior al que, por ejemplo, tienen que afrontar los estadounidenses para pagar sus famosas subprime. No hay que trabajar en el Instituto Nacional de Estadística para comprender que entre los más de ocho millones de hipotecas concedidas en los últimos cinco años, miles de ellas fueron firmadas por mileuristas, inmigrantes o parejas con empleos poco estables que ahora están engrosando las listas del Inem a velocidad vertiginosa y no podrán hacer frente a los pagos. No pueden poner sus casas en venta porque se han depreciado y porque los que podrían comprarlas esperarán a que bajen más para hacerlo.

Los que suscribieron hipotecas crecientes, un producto muy de moda hace tres años, con las primeras cuotas muy bajas, para dar facilidades a parejas jóvenes e inmigrantes lo tienen aún peor. Las cuotas han crecido ya más del 50% y se han convertido en una trampa mortal. Se estima que unas 180. Los desahucios ya han comenzado a gotear. Un informe del Consejo General de Poder Judicial alerta de que las ejecuciones hipotecarias se han duplicado en el primer trimestre. Es sólo cuestión de tiempo que aumenten los sonajeros, como se conoce en la jerga bancaria a aquellos clientes que llegan a la sucursal agitando las llaves del piso o del coche y dicen: "Quédatelo, no puedo pagarlo".

Las familias deben un billón de euros en hipotecas y la morosidad se ha triplicado en un año hasta el 2,5%. Un informe de ING señala que a partir del 15% de morosos, el sistema se derrumbaría. El presidente de Caixa Catalunya, Narcís Serra, no descarta que se llegue al 9% en esta crisis. Nadie puede decir dónde llegará.

A la deuda de las familias, la banca española une el riesgo de los 400.000 millones que le adeudan inmobiliarias y constructoras, de forma que más del 60% de los préstamos que tienen concedidos los bancos están relacionados con el ladrillo. Y si el riesgo es tanto, hasta el punto de que el Estado les ha ofrecido 150.000 millones de euros en fondos y avales, ¿por qué los bancos españoles son los únicos que siguen presumiendo de beneficios y repartiendo dividendos?

Seguramente la primera razón es que están muy bien gestionados, como coinciden sus directivos, el Gobierno y hasta la oposición. Aunque también, en algunos casos, haya causas menos loables, como que den por buenos en sus balances muchos créditos que no lo sean tanto. Así sucede con las deudas que tienen contraídas las inmobiliarias, y que son renegociadas a medida que se cumplen los vencimientos al no poder afrontar los pagos. Es el caso de Metrovacesa (8.000 millones), Reyal Urbis (4.700 millones), Colonial (8.900 millones) o Sacyr Vallehermoso (18.500 millones), entre otras muchas. Si los bancos exigieran el pago en los plazos convenidos, abocarían a una cadena de suspensiones de pagos (actual concurso de acreedores) y, como ocurrió con Martinsa-Fadesa, no tendrían más remedio que provisionar las pérdidas en sus balances, que perderían ipso facto su brillo fulgurante.

Wolfgang Münchau, principal columnista de Financial Times, escribía el pasado 20 de julio: "El colapso de Martinsa-Fadesa ha sido un recordatorio, si es que alguien lo necesitaba, del masivo crash inmobiliario español que se avecina. El desastre financiero y económico es casi inevitable. No se dejen engañar por el hecho de que los bancos españoles no tengan posiciones en las subprime norteamericanas. Estar expuesto a las hipotecas españolas es probablemente peor". Así que tal vez los bancos y cajas españoles no sean tan seguros ni inmunes a la bancarrota.

Los problemas de los bancos no suelen formar parte de las tertulias de café o de vecindario. Salvo que los tertulianos teman por la seguridad de sus depósitos. Hasta diciembre de 2001, Argentina era conocida por el tango y por Maradona. El 1 de diciembre de ese año, el ministro de Economía, Domingo Cavallo, anunció un paquete de medidas que incluía la prohibición a los ciudadanos de sacar de las cuentas más de 250 pesos cada semana para evitar así la masiva fuga de depósitos. A la medida se le llamó corralito, y ha quedado como definición universal del bloqueo de los ahorros. Largas colas frente a las sucursales, saqueo de cajeros, caída del comercio en un 50%, impago de los sueldos de los funcionarios y un paro brutal fueron las consecuencias visibles del corralito. La más sustancial fue la desaparición del grueso de la clase media, que nunca volvió.

La sombra del corralito planea ahora sobre Europa. El lunes 17 de septiembre de 2007, miles de clientes de Northern Rock, un banco inglés especializado en hipotecas, hacían cola para sacar su dinero. El banco finalmente no pudo afrontar las retiradas, y el Gobierno decidió nacionalizarlo en febrero de este año. En EE UU se intervino el Washington Mutual en septiembre. El banco se había quedado sin liquidez. En diez días, sus atemorizados clientes retiraron 16.700 millones de dólares.

Para calmar ese pánico, en octubre pasado todos los Gobiernos decidieron aumentar la garantía sobre los depósitos. Incluso así, ¿están realmente seguros los ahorros? La respuesta es que sí, pero si los planes de rescate fallan (aunque sean infalibles) y alguna gran entidad de crédito quiebra, no lo están tanto. El volumen de depósitos es tal que ningún Estado tendría capacidad para atender a una retirada masiva de efectivo. Sólo para hacerse una idea, el banco holandés ING (que goza de la mayor solvencia crediticia) tiene depósitos por 614.000 millones, equivalentes a más de lo que produce la economía holandesa en un año. Si se desatase el pánico y la gente acudiese masivamente a la ventanilla de su banco para sacar los ahorros, sólo queda el camino de la nacionalización, de la que ya hay un reguero de casos (AIG, Mutual, Northern, BPN...), o del corralito. Eso es así por definición en la banca, incluso en los momentos más boyantes, de ahí que garantizar los depósitos es la mejor forma de que no haya ese pánico.

La peor cara de la crisis es el paro masivo. Y ha llegado para quedarse pese a los planes de inversión pública. "Suponga que usted debe emplear un trabajador, y que sólo un hombre desea el empleo. Debe pagarle lo que pida. Pero suponga que hay cien hombres, y esos cien quieren ese empleo. Suponga que tienen hijos y que esos hijos tienen hambre. Suponga que una moneda de diez céntimos compra al menos una papilla para esos hijos. Ofrézcales solamente diez céntimos y se matarán unos a otros por conseguir el puesto". La cita es de Las uvas de la ira, el libro de John Steinbeck que describe las penurias de los Joad, una familia de granjeros a los que la Gran Depresión los dejó sin tierra, sin casa y en busca de trabajo. Lo más revelador de la cita es que se escribió en 1939, 10 años después del crash, cuando la tasa de desempleo era aún del 15%. No fueron las obras públicas impulsadas por el new deal del presidente Roosevelt las que hicieron desaparecer el desempleo, sino la II Guerra Mundial, que movilizó a 12 millones de jóvenes. Los Gobiernos apuntan ahora a la misma solución mágica con renovados new deal: inversión y ayudas públicas para paliar la ralentización en la actividad privada. Pero sin una guerra mundial en ciernes, el paro no cederá. Los puestos que se destruyen ahora a toda velocidad pueden tardar mucho en recuperarse, incluso una década.

De ese marasmo laboral nadie está libre, ni los funcionarios. En Argentina, miles de docentes, médicos y empleados de las administraciones de provincias vieron retrasado el pago de sus nóminas. Aquí, los ayuntamientos y las autonomías ya comienzan a sufrir esa asfixia financiera. Los profesores universitarios de Valencia y Madrid ya han denunciado que sus nóminas están en peligro. Las entidades locales se han vuelto las primeras morosas. Las contratas de limpieza, seguridad y otras tardan más de ocho meses en cobrar. Ayuntamientos como el de Madrid han suspendido las obras públicas. En las crisis, los funcionarios están a resguardo. Nadie está seguro en una depresión.

España será uno de los países que lo pasarán peor. La OCDE pronosticó esta semana un retroceso de la economía del 0,9% y un 14% de paro para 2009. En el FMI son aún más catastrofistas. Al sector de la construcción, dado ya por muerto, está a punto de unírsele el del automóvil, que ha activado el eyector laboral con la regulación de 10.000 empleados, y hay quien teme que aprovechen la crisis para desmontar la tienda e irse para siempre.

Tampoco es éste un análisis alarmista. Basta mirar la página web oficial de General Motors. En un vídeo titulado GM lo cuenta tal como es, la compañía apunta un panorama apocalíptico si el Gobierno estadounidense no accede a aprobar un rescate para la industria automovilística, en el que más de tres millones de personas perderían su puesto de trabajo, y otras tantas, el seguro médico y hasta la pensión.

Puede que el enfoque de este artículo yerre. Puede que los planes de rescate funcionen, que la economía se recupere y que se creen millones de puestos de trabajo. Y que estemos, por tanto, ante un simple ejercicio de economía ficción, un género que cuenta con muchos adeptos, a juzgar por algunas afirmaciones. "La crisis de las hipotecas de EE UU no va a afectar de forma importante a la economía española" (José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno, 22 de agosto de 2007). "En pocos años, entre el 2010 y el 2012 vamos a conseguir en España el pleno empleo" (Jesús Caldera, ministro de Trabajo, 16 de julio de 2007).

Pero si finalmente ocurre lo peor, quedémonos con el consejo de Groucho Marx, al poco de arruinarse en el crash del 29: "Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía". -
El límite de la ayuda pública

Todo lo mortal se arregla con dinero, reza el dicho popular. Los Gobiernos han reformulado el aserto para convertirlo en todo se arregla con deuda pública: ayudas a los bancos, al automóvil, a las pymes, a las familias que no pueden pagar la hipoteca, a los parados.

El último informe de Merrill Lynch del pasado 12 de noviembre se hace la siguiente pregunta irónica: "¿Por qué todos los Gobiernos no se limitan sin más a enviar un cheque de un millón de dólares a cada uno de sus ciudadanos para protegerles de la crisis financiera global?". El informe responde a la pregunta asegurando que en 2009 los Gobiernos comenzarán a darse cuenta de que el endeudamiento público tiene un límite cuando empiecen a dispararse los tipos de la deuda o se desplome la divisa, por ejemplo.

La firma de inversión indica que sólo el coste de tapar el agujero financiero supondrá una media del 13% del Producto Interior Bruto de los países. El documento alerta de que la carrera de expansión fiscal a la que se han lanzado los Estados para hacer frente al colapso financiero traslada inevitablemente el riesgo del ámbito privado al público. "Después de todo, en una economía el riesgo sólo puede ser transferido, no eliminado". Es decir, que ya no serán los bancos los que estén en peligro de quiebra, sino los propios Estados.

En España, la ampliación de capital del Banco Santander por 7.000 millones, recibida con un desplome de más del 30% en su cotización desde su anuncio, puede ser el toque de queda para el resto de entidades bancarias, que, ante la desconfianza de los inversores, hasta podrían plantearse acudir a los planes del Estado para su recapitalización que hacerlo por sus propios medios.

Los riesgos de dejar en manos del Estado la financiación del sistema son muchos. El primero del que alerta el informe es la incursión en déficit públicos desmesurados: en 2009, el de EE UU llegará al 7%, y el de la eurozona, al 4% (España puede alcanzar el 4,2%), haciendo añicos el compromiso del Tratado de Maastricht de mantener el déficit por debajo del 3%. Los Estados tendrán que pelear con las entidades privadas para colocar sus emisiones de deuda y se producirá el tan temido efecto expulsión (crowding out): cuanto más capital se requiera desde el ámbito público, de menos capital dispondrán las empresas para su funcionamiento.

Para acabar de rizar el rizo, comienza a asomar el fantasma de la deflación, la caída continuada de los precios por la falta de demanda y retroceso del consumo. Cuando una economía entra en el bucle de la deflación, nunca se sabe cuándo va a salir. Japón, con tipos de interés cero, estuvo en esa fase durante toda la década de los noventa. Y aún no se ha recuperado.

Tanto Merrill Lynch como UBS (informe del 13 de noviembre) cuestionan que el sistema monetario europeo vaya a permanecer intacto. En anteriores crisis, países como España recurrían a la devaluación de moneda para ganar competitividad. Como esa medida es imposible con el euro, no queda más remedio que emitir deuda. Pero las necesidades son muy diferentes según se trate de países como Alemania, Francia o España. Así que, en caso de un endeudamiento excesivo de algún país, sería necesario que el conjunto de la UE saliera al rescate o garantizara la deuda nacional de los Estados con más dificultades. Una medida que pondría a prueba toda la UE.

La otra alternativa sería expulsar de la Unión Monetaria a los países. Según UBS, el remedio sería mucho peor que la enfermedad. Los Estados que se salieran del euro y devaluaran su moneda provocarían el proteccionismo con una imposición de aranceles para compensar esa devaluación. Las economías fuera del euro se desplomarían, se producirían desórdenes sociales y países como Bélgica o España podrían ver cómo se agravan las amenazas separatistas.

19 de noviembre de 2008

Unos manifestantes reclaman la nacionalización de la banca, "una vez que se ha caído el mito del libre mercado"


En Granada.- Los manifestantes reclaman la nacionalización de la banca, "una vez que se ha caído el mito del libre mercado" y critican el plan de ayudas a la banca aprobado por el Gobierno

EFE - Granada - 19/11/2008

Unos 300 miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), entre ellos el parlamentario de IU, Juan Manuel Sánchez Gordillo, han irrumpido hoy en una de las oficinas del banco BBVA en Granada y en la sede de la Inmobiliaria

Osuna, en protesta por el plan de rescate de la banca del Gobierno central. El Cuerpo Nacional de Policía ha desalojado de forma pacífica a los encerrados en la sede de la inmobiliaria -unos 150- que se han trasladado hasta la oficina de la entidad financiera, donde ya se encontraban concentrados más de un centenar.

Los manifestantes reclaman la nacionalización de la banca, "una vez que se ha caído el mito del libre mercado", así como un urbanismo "solidario y sostenible". Así lo ha destacado Sánchez Gordillo, quien ha acusado al Gobierno de practicar "la política del bandolerismo económico, al robar a los pobres, para dárselo a los ricos".

Gordillo ha tildado de "desvergüenza política" que el Gobierno "se haya gastado 150.000 millones de euros para rescatar a los bancos y otros 3.000 para las grandes inmobiliarias", por lo que sostiene que "es hora de salvar a los pobres y los débiles que están padeciendo esta crisis". Entre las exigencias del SAT, el sindicalista ha destacado la necesidad de que "todo suelo que pase de rústico a urbano sea público e inespeculable, lo que abarataría el coste de la vivienda en un 62%".

http://www.elpais.com/articulo/economia/300/trabajadores/toman/banco/inmobiliaria/protestar/crisis/elpepueco/20081119elpepueco_6/Tes

29 de octubre de 2008

Interesante artículo sobre la crisis actual

El mundo después del 'crash'
La crisis financiera ha acabado con los dogmas dominantes
de los últimos 25 años


JOAQUÍN ESTEFANÍA 26/10/2008. (elpais.com)

Hay en economía un concepto más enérgico que el de recesión para explicar lo que está sucediendo: depresión. La depresión es más grave y duradera que la recesión, y se manifiesta en el frenazo en seco de la actividad, la debilidad de la demanda, la contracción del comercio internacional, el incremento del paro, la caída del poder adquisitivo, etcétera, todos ellos procesos muy dolorosos y contrarios al progreso.

Hay en economía un concepto más enérgico que el de recesión para explicar lo que está sucediendo: depresión. La depresión es más grave y duradera que la recesión, y se manifiesta en el frenazo en seco de la actividad, la debilidad de la demanda, la contracción del comercio internacional, el incremento del paro, la caída del poder adquisitivo, etcétera, todos ellos procesos muy dolorosos y contrarios al progreso. Pues bien, el profesor de Economía de la Universidad de Nueva York Nouriel Roubini, el gurú que se ha hecho famoso por haber anticipado la crisis financiera que se inició con el estallido de las hipotecas tóxicas, ya ha utilizado el concepto de depresión como síntoma de lo que ocurre en la economía a escala planetaria. Hace unos días escribía Roubini: "No podemos descartar un fracaso sistémico y una depresión global. (...) Se corre el riesgo de un desplome del mercado, una debacle financiera y una depresión mundial". El economista plantea que más que una coyuntura en forma de V (caída y pronta recuperación) estamos en otra en forma de U (caída en la que la economía se mantiene un tiempo, para luego ascender), o quizá en forma de L (caída y letargo a largo plazo).

Un arranque ciertamente tenebroso sobre la coyuntura quizá pueda compensar el optimismo del titular de este que parece llevar implícito -y no es así, como se ha visto la semana pasada- la superación del desplome bursátil que, en otras ocasiones históricas, ha sido la antesala de una recesión o de una depresión. Crash y depresión se retroalimentan. Hay muchas similitudes -y bastantes diferencias- con la Gran Depresión de 1929. Es urgente desempolvar los viejos manuales de entonces y establecer las comparaciones. "Pensar el presente desde un punto de vista histórico" (Walter Benjamin).

En diciembre de 2006 caía el Ownit Mortgate Solutions, un pequeño banco hipotecario de California especializado en productos de alto riesgo. Es el antecedente más cercano del estallido de la burbuja inmobiliaria y de las hipotecas subprime, que devendría en la norma a partir de julio de 2007. Desde entonces hay muchas víctimas sin enterrar. Entre ellas, la economía real en forma de estrangulamiento del crédito (que es su sistema sanguíneo), desaparición de los bancos de inversión y nacionalización de otras entidades que formaban parte de la aristocracia financiera internacional, desprestigio de los organismos reguladores nacionales y de las agencias de calificación de riesgos, profundísima descapitalización bursátil de muchas empresas financieras y no financieras, parón de la actividad económica y de la inversión, contracción de la demanda, suspensiones de pagos, desempleo, etcétera. Y sobre todo, un escalofrío en muchos ciudadanos en forma de inseguridad: no sólo miedo al terrorismo y a otras formas de inquietud ciudadana, sino a la inseguridad económica y el temor al otro, al diferente, al que compite con el puesto de trabajo y carga de obligaciones al Estado de bienestar.

Otra víctima de la crisis es una forma de entender el mundo, un modo de pensar que se identifica ampliamente con la ideología neoliberal. La máxima acuñada por la revolución conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, que ha durado un cuarto de siglo, de que el Estado es el problema y no la solución, ha saltado hecha trizas en cuanto se han acumulado las dificultades. La "destrucción creativa" de Schumpeter sólo se hizo realidad cuando las autoridades americanas dejaron hundirse al que era cuarto banco de negocios estadounidense, Lehman Brothers (y casi todos los analistas califican esta inacción como un grave error y el principio del pánico); las demás instituciones financieras con problemas han sobrevivido con una u otra fórmula de intervención pública, con paquetes de rescates a babor o a estribor, en forma de avales públicos, compras de activos o directamente de acciones. Lo explica resignado un economista español: "Hemos generado mucho riesgo moral para evitar el riesgo sistémico". Ahora, la retórica del libre mercado se utiliza con más soltura, más selectivamente: se asume cuando sirve a intereses especiales y se descarta cuando no es así. Sin complejos, el presidente de la patronal española llegó a exigir "un paréntesis" a la economía de mercado.

Hace escasamente año y medio, todavía la economía mundial continuaba en la senda de crecimiento más larga y profunda de la historia contemporánea. La teoría de los ciclos económicos parecía extinguida y el planeta se instalaba en el denominado ciclo Kondratief, una onda larga de prosperidad debida -se decía- a la confluencia de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) con la flexibilidad empresarial y la innovación financiera. Los mantras más citados eran los de la desregulación y la autorregulación. Hasta tal punto que cuando se encienden las primeras luces rojas de las dificultades hay una generación de jóvenes ejecutivos, los que mandan en muchas empresas y en bastantes Gobiernos, que no tienen puntos de referencia para saber lo que es una crisis y qué tratamiento preventivo darle.

Es muy interesante seguir las mutaciones que ha sufrido la naturaleza de esta crisis en apenas 18 meses: primero se identificó con el estallido de la burbuja inmobiliaria y el abuso en la concesión de hipotecas de alto riesgo; a ello se le añadió un tsunami protagonizado por las materias primas alimentarias y los elevadísimos precios de la energía, de modo que entonces se habló de "tormenta perfecta" y se hizo una equivalencia con los primeros años setenta del anterior siglo, al aparecer la estanflación (alta inflación y crecimiento cero). Cuando se hicieron sentir los primeros efectos de la sequía crediticia en forma de reducción del crecimiento económico bajaron los precios de las materias primas; como consecuencia de ello, la inflación dejó de estar en primer plano, pero a las víctimas de la coyuntura se añadieron los países emergentes, principales productores de materias primas, y de los que se había dicho que en esta ocasión estarían exentos del efecto contagio. Conforme pasaban las semanas y dejaba de funcionar el mercado interbancario debido a la desconfianza que las entidades se tenían entre sí (¿cuál de ellas tenía en su interior la metástasis de los productos estructurados y colaterales sin valor alguno en el mercado?), la crisis hipotecaria devino en crisis financiera y los Gobiernos salieron al rescate en el entendido de que la desconfianza de los ciudadanos en las entidades de crédito es la antesala de una catástrofe en la economía real. Hubo un momento en que en algunas plazas y sucursales bancarias los clientes, después de hacer colas para sacar sus ahorros, intentaban transmutar sus depósitos en lingotes de oro, en la creencia de que este metal precioso era la inversión más segura.

Sólo cuando los ciudadanos, airados, comenzaron a preguntarse en alto por qué habían de rescatar a quienes habían sido víctimas de su codicia, es cuando se sofisticó un poco el discurso: la mayor inyección de dinero público utilizada en la historia para salvar a los bancos en dificultades era tan sólo una etapa intermedia para salvar a la economía real. Lo que es bueno para Wall Street es también bueno para la calle. Proteger a Wall Street es proteger a Main Street. Así lo ve el grupo de banqueros con chistera y puro que aparecen en la tira satírica del New Yorker. Uno de ellos grita indignado: "¡Maldita sea, para nosotros Wall Street es Main Street".

Las ayudas oficiales a la banca ("Aportaremos todo lo que sea necesario", ha declarado Berlusconi, el más desvergonzado de los políticos actuales) han servido hasta ahora para detener el pánico de los clientes y para que emerja un hilillo de liquidez en los mercados, que se ha concretado en una pequeña baja de los tipos de interés (Euríbor y Líbor). Pero sigue sin saberse si tanto dinero aportado por el Estado se trasladará del sistema financiero al conjunto de las empresas con inmediatez, para que la situación tienda a normalizarse, y a qué precio. Esto era así hasta anteayer. Pero resuelta al menos en parte la dificultad financiera más urgente, los mercados bursátiles han reaccionado extraordinariamente a la baja cuando en el frontispicio ha aparecido el problema de fondo: el colapso de la economía real. La mayor parte de los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) -los 30 países más ricos del mundo- han entrado en recesión o están a punto de hacerlo (dos trimestres seguidos de reducción de sus productos brutos), y sin visos de salida. Además, el contagio afecta a muchos países emergentes, que han tenido que gastar las reservas de divisas en defensa de sus monedas, mientras aumenta su riesgo país y ven bajar los precios de sus exportaciones. Se ha llegado a la madre de todas las crisis. Cada uno de los pronósticos que han ido elaborando las organizaciones multilaterales (OCDE, Fondo Monetario Internacional, etcétera) se han tirado a la papelera en el mismo momento en que se hacían públicas. La velocidad de la metástasis es tal que todas las explicaciones de la coyuntura se han quedado antiguas en tiempo real. Aun hace dos fines de semana, en su asamblea semestral, el FMI preveía un ligero crecimiento en 2009 para el conjunto de las economías avanzadas y del orden del 6% en las emergentes. Sin embargo, el pasado miércoles, el Foro Económico Mundial sentenciaba: "La crisis financiera afecta ya a la economía real en un nivel alto y el riesgo de una profunda y prolongada recesión crece".

Con esta crisis multiforme y poliédrica ha desaparecido también una forma de hacer la política económica, que ha sido dominante en el último cuarto de siglo. Aquella que había formalizado el dogma de que los mercados son los que mejor saben qué hacer. Del mismo modo que hay ciclos en la coyuntura también hay ciclos ideológicos que conceden el énfasis a las distintas herramientas económicas. Y ha comenzado otro. En el año 1936, el que probablemente ha sido el economista más influyente del siglo XX (y lo vuelve a ser ahora), John Maynard Keynes, escribió en su obra magna Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero: "Las ideas justas o falsas de los filósofos de la economía y de la política tienen más importancia de lo que en general se piensa. A decir verdad, ellas dirigen casi exclusivamente el mundo. Los hombres de acción que se creen plenamente eximidos de las influencias doctrinales son normalmente esclavos de algún economista del pasado". Las ideas keynesianas, tan menospreciadas en el último cuarto de siglo, están siendo aplicadas ahora por quienes tratan de sacar a la economía de la camisa de fuerza de la revolución conservadora y de la desregulación permanente. No por casualidad, sino como un signo de los tiempos, la Academia Sueca ha concedido hace unos días el Nobel de Economía a quien es uno de los neokeynesianos más insignes: Paul Krugman.

El New Deal del presidente Franklin Delano Roosevelt, respuesta a la Gran Depresión de 1929, inauguró un ciclo progresista de intervención en la económía que duró casi medio siglo y que ha sido denominado la edad dorada del capitalismo: el mundo creció mucho y los países más avanzados construyeron su Estado de bienestar. El 31 de diciembre de 1933, 10 meses después del inicio del New Deal, Keynes escribe una carta abierta al presidente en The New York Times, en la que le aconseja actuaciones adicionales, entre las que sobresale "una atención predominante en el más alto grado al incremento de la capacidad de compra resultante de los gastos públicos, financiados mediante créditos".

A finales de los años setenta y principios de los ochenta se inició la revolución conservadora, que tuvo sus principales ideólogos en Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y su continuidad en los neocons que han gobernado en la Casa Blanca y en la Reserva Federal. Francis Fukuyama, el constructor del concepto del fin de la historia, ha matizado aquella forma de entender el mundo y recientemente ha hecho un balance de ese tiempo: la revolución conservadora perdió su rumbo porque se convirtió en una ideología irrebatible, y no en una respuesta pragmática a los excesos del Estado de bienestar. En ella había dos conceptos sacrosantos: que las reducciones de impuestos se autofinanciarían y que los mercados financieros podrían autorregularse. Pues bien, el balance es clarificador: Reagan y Bush dejan a EE UU con gigantescos déficit, la economía creció tanto con Clinton como con Reagan y con superávit público, y de las secuelas de la autorregulación del mercado financiero tenemos suficientes ejemplos catastróficos en los últimos meses.

La crisis traza una frontera, la del final (por ahora) de otra edad dorada: el crédito fácil, la liquidez extrema, los riesgos fuera del balance, los sueldos astronómicos de los grandes ejecutivos ligados a la creación de valor a corto plazo y no a la calidad de lo que se fabrica o con lo que se trabaja, los cambios legales para facilitar la especulación sin límites y las zonas de sombra (el capitalismo gris), una psicología mediante la cual los ahorradores se convirtieron en inversores y los inversores en activos apalancados, la autorregulación como pretexto para administrar sin límites, etcétera.

Cada ciclo ideológico en economía está provocado por una crisis. El New Deal llegó por la Gran Depresión; la revolución conservadora, como reacción a la estanflación; y el paradigma que parece instalarse a principios del siglo XXI, por la crisis iniciada con las hipotecas subprime llevada al paroxismo. Las matrices que lo componen son las de la intervención del Estado siempre que sea necesaria, la regulación financiera, quien contamina paga (en relación a los activos tóxicos) y la necesidad de dotar de gobernanza a la globalización realmente existente. Por ello se ha dado tanta significación a la construcción de un nuevo Bretton Woods, en analogía con la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, celebrada en New Hampshire del 1 al 22 de julio de 1944, al final de la II Guerra Mundial, y que ha constituido hasta ahora el intento más ambicioso por configurar un nuevo orden económico internacional. Entonces participaron 44 países. Hoy se trata, como se declara con ampulosidad, de "refundar el capitalismo": cambiar todo para que nada cambie.

Se trata de evitar otra Gran Depresión e ir, por el contrario, a una Gran Transformación, como tituló su libro de referencia Karl Polanyi en 1943. En él demostraba, acudiendo a la historia y a los datos empíricos, que no existe nada parecido a una mano invisible que ordene a los mercados; éstos se regulan por la acción del Estado. Hay que actualizar la Gran Transformación a la era de la globalización en la que los Estados tan sólo son entes intermedios.

Un cuento para aspirantes a ejecutivos


“La sociedad que se está poniendo en marcha, traerá finalmente la abundancia. Pero aparte de los grandes beneficios objetivos, ocurrirá una liberación subjetiva de la humanidad. La antigua solidaridad, propia de la pobreza, no será necesaria. Ya muchos están de acuerdo en que con dinero, o algo equivalente, se solucionarán casi todos los problemas; por consiguiente los esfuerzos, pensamientos y sueños, estarán lanzados en esa dirección. Con el dinero se comprará buena comida, buena vivienda, viajes, diversiones, juguetes tecnológicos y personas que hagan lo que uno quiera. Habrá un amor eficiente, un arte eficiente y unos psicólogos eficientes que arreglarán los problemas personales que pudieran quedar y que más adelante terminarán de resolver la nueva química cerebral y la ingeniería genética.”

“En esa sociedad de abundancia disminuirá el suicidio, el alcoholismo, la drogadicción, la inseguridad ciudadana y la delincuencia, como hoy ya muestran los países económicamente más desarrollados (?). También desaparecerá la discriminación y aumentará la comunicación entre las personas. Nadie estará aguijoneado por pensar innecesariamente en el sentido de la vida, en la soledad, la enfermedad, la vejez y la muerte porque con adecuados cursos y alguna ayuda terapéutica, se logrará bloquear esos reflejos que tanto han detenido el rendimiento y la eficiencia de las sociedades. Todos confiarán en todos porque la competencia en el trabajo, en el estudio, en la pareja, terminará por establecer relaciones maduras.”

“Finalmente, las ideologías habrán desaparecido y ya no se utilizarán para lavar el cerebro de la gente. Por cierto que nadie impedirá la protesta o la disconformidad con temas menores, siempre que para expresarse se pague a los canales adecuados. Sin confundir la libertad con el libertinaje, los ciudadanos se reunirán en números pequeños (por razones sanitarias) y podrán expresarse en lugares abiertos (sin perturbar con sonidos contaminantes o con publicidad que afee al “municipio”, o como se llame más adelante).”

“Pero lo más extraordinario ocurrirá cuando ya no se requiera de control policial sino que cada ciudadano sea alguien decidido que cuide a los demás de las mentiras que pudiera tratar de inculcar algún terrorista ideológico. Esos defensores tendrán tanta responsabilidad social que acudirán presurosos a los medios de comunicación en los que encontrarán inmediata acogida para alertar a la población; escribirán brillantes estudios que serán publicados inmediatamente y organizarán foros en los que formadores de opinión de gran cultura esclarecerán a algún desprevenido que todavía pudiera quedar a merced de las fuerzas oscuras del dirigismo económico, del autoritarismo, la antidemocracia y el fanatismo religioso. Ni siquiera será necesario perseguir a los perturbadores porque con un sistema de difusión tan eficiente nadie querrá acercarse a ellos para no contaminarse. En el peor de los casos, se los ‘desprogramará’ con eficacia y ellos agradecerán públicamente su reinserción y el beneficio que les producirá reconocer las bondades de la libertad. A su vez, aquellos esforzados defensores, si es que no están enviados específicamente para cumplir esa importante misión, serán gente común que podrá salir así del anonimato, ser reconocida socialmente por su calidad moral, firmar autógrafos y, como es lógico, recibir una merecida retribución.”

“La Compañía será la gran familia que favorecerá la capacitación, las relaciones y el esparcimiento. La robótica habrá suplantado al esfuerzo físico de otras épocas y trabajar para la Compañía desde la propia casa, será una verdadera realización personal.”

“Así, la sociedad no necesitará de organizaciones que no estén incluidas en la Compañía. El ser humano que tanto ha luchado por su bienestar, finalmente habrá llegado a los cielos. Saltando de planeta en planeta habrá descubierto la felicidad. Instalado allí será un joven competitivo, seductor, adquisitivo, triunfador y pragmático (sobre todo pragmático) ejecutivo de la Compañía!”

Extracto de “Cartas A Mis Amigos, Sobre la Crisis Social y Personal en el Momento Actual” Silo, 1991. (Texto completo en www.silo.net)